No me digas que ese cofre entre tus manos no se siente etéreo y liviano, que su tacto no parece acariciarte con consuelo, que la tarea que recae sobre ti sigue siendo ilusoria, no te creo. No me digas que las lágrimas en tus mejillas serían reales, que la deliciosa promesa no mataría tus males, que no caerías por fin donde perteneces, a los mares en los que acunada te alejarías de asfixiantes penares. Dime por qué eliges el camino escarpado, la huella lacerante, el deseo truncado, por qué no te rindes y dejas a un lado la lucha incesante para caer en picado hasta llegar a la reina, olvidar los dados, y aceptar lo que el destino te tiene reservado.

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