No me digas que ese cofre entre tus manos no se siente etéreo y liviano, que su tacto no parece acariciarte con consuelo, que la tarea que recae sobre ti sigue siendo ilusoria, no te creo. No me digas que las lágrimas en tus mejillas serían reales, que la deliciosa promesa no mataría tus males, que no caerías por fin donde perteneces, a los mares en los que acunada te alejarías de asfixiantes penares. Dime por qué eliges el camino escarpado, la huella lacerante, el deseo truncado, por qué no te rindes y dejas a un lado la lucha incesante para caer en picado hasta llegar a la reina, olvidar los dados, y aceptar lo que el destino te tiene reservado.
La niña duerme en un lecho de flores, paciente, exhausta, suspensa. La niña pregunta por la niña en sueños. Dónde estoy, dónde estoy, no me veo. La niña duerme sin fin, impaciente, decepcionada, ofendida. No sabe la niña qué he hecho de ella. No quería que yo cambiase para este lado. La niña duerme enfadada. He cambiado para este lado. Renuncio a la luz de las siluetas que me cruzan. Renuncia a mí el mostrar, el dejarse una cosa ver, renuncia a mí. El sentir se me niega fuera de la estrella. Qué hacer con la verdad del tiempo, con el presente que no acaba, con el futuro que no llega y llegará demasiado deprisa, demasiado tarde. Qué hacer con las mariquitas en el pecho y la rosa en el esófago, qué hacer con la soledad, como una niña que duerme en un lecho de flores y, queriendo despertar, duerme, duerme…
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